La industria musical en el siglo XXI: ¿Adaptarse o morir?

Para mí, es difícil imaginar ir por la vida sin escuchar música, y sé que no soy la única. Es parte vital de nuestras vidas, es una forma de expresión, es arte, nos une y nos divide a la vez. Dependiendo de con quién hablemos, podemos tener buen gusto musical o pésimo.
¿Pero que es música? ¿Qué es música en nuestros días? Vaya si es un concepto difícil de aterrizar, así que tomaré prestadas las palabras de Dizzy Gillespie, un jazzista americano: “No me importa mucho la música. Lo que me gusta es como suena.”
Bueno, digamos que Dizzy no da la definición exacta de música en la actualidad, pero se acerca mucho al paradigma que se nos planeta hoy en día. La pregunta correcta no es ¿Qué es la música en la actualidad? sino, ¿Qué es la música para nosotros? Dizzy lo explicó bien. Para él, la música de la que todos hablaban era simplemente un movimiento social, algo de que hablar, dinero, fama, drogas. ¿Qué es lo primero que alguien piensa cuando se habla de Rock n’ Roll? Así es, Sex, Drugs & Rock n’ Roll.
Pero creo que Dizzy no se imaginaría lo que pasaría en el futuro. No se imaginaría, que la música se reduciría al concepto de “lo que vende y lo que no”. Que la música sería ahora caras bonitas y canciones pegajosas que alguien más escribió, que nos llegaría la era digital, que la disquera ganaría más por canción que el propio artista, pero que eso no le importaría a nadie, ya que todos comprarían las mismas canciones que escuchan en la radio, canciones desgastadas y fáciles, canciones que olvidarán en cuanto el siguiente éxito llegue. No, Dizzy no se imaginó nada de eso.
Y es obvio que no podemos extirparle el lado social a la música, pero la realidad de la música que nos venden es más oscura de lo que podemos imaginar.

Dentro de la boca del lobo.

Imaginemos que entramos a nuestra tienda de CD’s favorita. Buscamos entre los anaqueles, hasta llegar a la sección de nuestro género musical preferido. Como no tenemos prisa, tomamos nuestro tiempo para buscar el nombre del artista que queremos y a continuación el álbum. Digamos que somos de gustos elevados y queremos encontrar el EP (Extended Play que es un formato de grabación musical cuyo tamaño es menor que el de un CD, pero mayor que un sencillo) de una banda Irlandesa. El disco, como es de exportación, cuesta $385 y te parece razonable ya que consideras que es un excelente trabajo de un excelente artista. La mayoría de las personas creen que esos $385 van directo al bolsillo del artista y que lo están apoyando por completo. Aquí es en donde el panorama se torna extraño. De esos $385 tenemos que restar el costo de exportación que la tienda de música tuvo que pagar para traer ese CD. Usualmente cuando son copias raras y no de mucha demanda, traen solo una, y eso significa que a esos $385 tendrían que restarle un aproximado de $143, y quedarse con $242. Esa es la cantidad real.

El coste de un álbum actualmente se balancea entre 15 y 20 dólares, dependiendo si es físico o digital. Pero a pesar de que ya tenemos la cantidad real de lo que va destinado a nuestro artista, hay muchísimas manos por las que ese dinero debe pasar antes de llegar a tu artista. Aquí es en donde entra la disquera.

Cuando se habla de la industria musical, la imagen más recurrente es la de un artista (generalmente solista) respaldado por un equipo competente que incluye manager, tour manager, productor, la disquera y demás, eso sin contar a todos los ingenieros de luces y sonido, publicistas y otros empleados que trabajan para el artista ya sea durante su gira o antes de ella. Oh, sí. Olvidé mencionar que también nos imaginamos mucho, pero mucho dinero, cayendo a raudales hacia las manos de nuestro famoso y talentoso solista. Eso es la industria musical para muchos: un reflejo estético y pobre de lo que en realidad es. A mi parecer, el término en inglés es mejor para describir lo que la industria es: Music Business. Un negocio; que idealmente sería equitativamente dar y recibir.

A esto me refiero con lo que Dizzy decía, la música ya no es solo la música, sino que engloba un sinfín de elementos, incluyendo el social y el económico.

Si, los artistas ganan dinero. Pero si es mucho, como varios millones, o relativamente poco, depende ya no solo de la música que venden, sino de los shows en vivo, la mercancía de la banda, las regalías, etc. ¿Cuánto de verdad gana nuestro artista/banda preferido de su música?

Antes de tocar a fondo este punto, quiero ir a detalle en lo que es una disquera, como está compuesta y sus funciones. Una disquera es básicamente una empresa que se encarga de realizar grabaciones musicales, así como comercializar dicha grabación y distribuirla. Una disquera o discográfica no es un estudio de grabación, un artista no paga para grabar una canción, sino firman un contrato para que la disquera se encargue de todo lo que el artista o la banda no pueden hacer, que es encargarse de la grabación en físico de su material, la distribución, la promoción, las giras, los shows por televisión y otras formas de ejercer su profesión, así como de los aspectos legales. No todas las disqueras hacen todo esto y hay diferentes tipos de contratos. A lo largo de los años, han habido varias disqueras o major labels que son las de mayor presencia mundial y mayor presupuesto, lo cual le da al artista un mayor y mejor alcance mundial, así como mejores ganancias. Actualmente, las 3 principales son Warner Music Group, Sony Music Entretainment y Universal Musical Group.

Dentro de la disquera tenemos el CEO y a el Presidente. Un ejemplo claro de esto sería que el CEO sería dueño de Warner Brothers y el Presidente de Warner Brothers Records, que sería la parte musical. Dentro de la disquera, hay un Vicepresidente que se encarga de uno o de varios de los siguientes departamentos (dentro de los cuales, cabe mencionar, hay muchas personas más): el departamento legal, el departamento de negocios (En inglés Business Affair Department), el departamento de A&R (Artistas y Repertorio), el departamento de arte, el departamento de mercadotecnia, el departamento de publicidad, el departamento de new media (se encargan de la producción y publicidad de una banda en los medios de comunicación masivos), el departamento de desarrollo del artista, el departamento de enlace de la disquera (coordina el negocio entre la disquera y la distribución del producto final) y el departamento de promoción. Todo esto hablando de major labels o disqueras grandes, para las disqueras indie, la distribución de los poderes es a menor escala.
Además de esto, la banda o artista necesita de un productor musical y uno ejecutivo, un manager y un tour-manager, que a su vez se encarga de los ingenieros de luces y sonido, escenario, técnicos de instrumentos, vendedores de mercancía, etc.

Ya que tenemos la disquera formada y el contrato en la mesa, sabemos que una de las muchas razones por las que debemos firmar el contrato es porque la disquera nos hará ganar dinero. La discográfica grabará tu acto, hará el master, producirá el álbum y lo venderá en las tiendas de música, además de que se encargará de todos los procesos de promoción. ¿Pero por qué está exactamente firmando el artista?

Contrato musical: peligrosas clausulas.

Antes de describir y contabilizar lo que nuestro artista gana en realidad, tenemos que tocar otro punto: el contrato. Tenemos que recordar que dicho contrato es legal, lo que significa que en cuanto firmes, estás atado a él y a todos los lineamientos que ahí se especifican.
Si tienes una banda, sabes qué difícil es conseguir que alguien -¡quien sea!- escuche tus demos y te de una oportunidad, así que la mayoría de aquellos que reciben un ofrecimiento de tal magnitud no dudan en aceptarlo. Sin embargo, esta podría no ser la mejor opción, no sin antes haberlo revisado con un abogado de entretenimiento, que se especializa en la industria musical y de otras formas de entretenimiento y como obtener un contrato mediante negociaciones, en caso de ser necesarias.

Actualmente existen 2 tipos de contratos: el contrato “regular” y el 360. Aunque realmente la división entre ambos tipos es casi inexistente, porque aunque las disqueras no les llamen “contrato 360”, el contrato regular sigue abarcando más que solo adquirir un porcentaje de la música que venda el artista, sino también envolviendo lo que es mercancía, conciertos, tickets, publicidad, etc., aunque en el regular queda en manos del artista decidir esto. Básicamente, el 360 es un tipo de contrato invasivo a veces referido como “no negociable”, lo cual es una mentira, solamente que es negociable hasta cierto punto. Es verdad que cuando ofrecen esta clase de contratos, las disqueras venden la idea de que el artista deja la parte de negocios a ellos y así el se dedica a la parte creativa solamente, pero si el artista decide firmar con una disquera, no está excluido de la sección de negocio, porque de eso vas a sustentarlo. Un contrato tipo 360, refiriéndose a los 360° de un círculo, abarca otorgar cierto porcentaje a la disquera de TODO lo relacionado con la banda o artista.

Dentro de cada contrato, hay diferentes reglas, obligaciones y derechos que tiene la banda al firmar dicho contrato -los cuales pueden cambiar dependiendo de qué disquera y tipo de contrato sea- también tenemos la sección monetaria, que es la más importante y genérica dentro de ambos tipos de contrato.
Algunos de los puntos más importantes que toca un contrato son las regalías (o cuánto gana un artista o banda de cada álbum vendido) que pueden ser deducida del wholesale, es decir, del costo del producto como es vendido a tiendas de música y vendedores, o del resale, que es a cuanto vende el producto la tienda. Un ejemplo claro es que si la disquera vende el disco de un artista en 200 pesos a una tienda y la tienda lo vende al consumidor en 250 pesos, dependiendo de cómo esté en el contrato, el artista obtendrá el porcentaje de las regalías que se haya negociado basado en uno o en otro. También tenemos la sección de “honorarios por ruptura”, los cuales se introdujeron por primera vez en los 50’s y 60’s, época de los discos de vinil que eran fáciles de romper, aún más en el trayecto hasta la tienda donde serían vendidos; la disquera aplica cierto porcentaje sobre el total de las ganancias por todos aquellos discos que podrían romperse en el camino. Después tenemos las cuentas sin recolectar, que es el porcentaje que la disquera aplica en prevención: ¿Qué pasa si la tienda a la que le vendieron los discos entra en bancarrota? ¿Qué pasa con ese dinero? ¡No hay de qué preocuparse! La disquera ya tiene lo tiene cubierto, protegiendo así sus finanzas. Otra sección es el porcentaje que la disquera retira del total por todos lo que dan gratis como los sencillos a las disqueras, albums de promoción, etc. La disquera no cubre esto, sino que es reducido del total de las ventas de dicho álbum. Además de esto tenemos los cargos por todo en lo que la disquera invierte, como el CD, la caja del CD, el libro de canciones, etc., además están las reservas que es cierta cantidad de dinero que la disquera aparta por gastos extra que pueden o no ocurrir. Finalmente, ¿Cómo come el artista? ¿Cómo paga el lugar en el que vive? Esta sección se llama avances y es el sueldo que la disquera paga al artista mientras trabaja en el álbum, básicamente es un préstamo que debe pagarse.
Generalmente las regalías no se aplican hasta que todo lo demás de la lista ha sido aplicado ya, lo cual nos deja con muy poca ganancia (y algunas veces, ¡una deuda!) que debe ser repartida entre los integrantes de la banda o ir directo al solista. Obviamente, aun nos quedan las ganancias por conciertos, mercancía, etc., pero si dicha banda o solista firmó un contrato de 360, se aplicaran porcentajes especializados a cada una de las otras fuentes de ingreso de la banda.

Al final del día, ¿Cuánto gana el artista por su arte?

Dejando atrás todo este lenguaje legal y después de hacer todas las reducciones considerables, el artista se queda con muchísimo menos dinero que el que nos imaginamos al pensar en los rockstars. Pero yendo directo a los datos, ¿Cuánto gana un artista por cada CD?

En promedio el artista gana 10% y 20% del valor de cada álbum, que se vende en un promedio de $15 y $20 US DLS, lo que resulta en una ganancia de $1.5-$2 dólares por álbum. Esto no es problema cuando eres solista y vendes un millón de copias, porque aún después de que la disquera retire su parte, que incluye todos los puntos anteriormente mencionados, te quedas con un promedio de $500, 000 dólares, y si no tienes un contrato tipo 360, todas las ganancias de las playeras con tu rostro en ellas, los boletos de tus conciertos y de tus apariciones o de tu sencillo en algún comercial, le podemos aumentar hasta $500, 000 dólares más.
Pero la realidad es otra, ya que la industria musical lanza cientos de miles de álbumes al año, y al menos que produzcas un super-éxito que te lleve a catalogar tu álbum como platino u oro, no llegarás al millón de copias vendidas y no ganarás lo suficiente.

Hay diversos estudios que intentan aproximarse a lo que gana el músico promedio, en especial en una banda ya que el total se divide entre la cantidad de integrantes. Uno de ellos es el Nielsen SoundScan, que es un sistema de información que archiva datos de ventas de sencillos, álbumes y artistas para Billboard y otras compañías musicales. De acuerdo con este sistema, solo el 2.1% de los álbumes vendidos en 2009 alcanzaron las 5,000 copias vendidas.
En datos más claros, lo que la banda gana de cada 1,000 copias son solo $23.40 dólares. Porcentualmente, el 63% de las ganancias se van a la disquera, 24% a los distribuidores y el restante 13% a la banda, porcentaje que a su vez se divide en 15% al manager, 5% al manager de negocios (o 20% al manager que ejerza ambos cargos), 5% al abogado, 3% al productor y el 72% restante se divide entre la banda, dejándonos con un 18% aproximado para cada integrante.
En Abril de 2010 se presentó un esquema hecho por David McCandless, que utilizó datos de un artículo publicado en http://www.thecynicalmusician.com, además de algunos datos que él añadió, acerca de cuanto necesitaría un músico vender o ganar de un stream (término que se refiere a escuchar música utilizando el internet sin comprarla, en sitios como Spotify y Last F.M., cada uno de estos sitios devuelve cierta cantidad de dinero por vez que alguien escuche alguna canción de ese artista, que suelen ser unos cuantos centavos) para alcanzar el salario mínimo en EUA, que es de $1,160 dólares.
Las evidencias arrojadas en esta investigación nos dicen que un músico necesita vender 143 discos distribuidos y hechos por el propio artista a $8 dólares; 155 discos por CDbaby -tienda de música en línea- al mismo precio; descarga de mp3 de CDbaby y CDbaby vía iTunes a 99 centavos de dólar (estas serían los únicas ganancias directas, a las siguientes ventas o streams, se le descontaría lo que la disquera se quedaría); 1,161 discos de disquera a $10 dólares si el artista obtuviera regalías altas o 3, 871 discos si fueran regalías bajas; 12,399 descargas vía iTunes o Amazon; 849,817 streams por mes en Rhapsody; 1,546,667 streams por mes en Last F.M. y 4,053,110 streams por mes en Spotify. Todo esto hablando a nivel idealista, ya que la cantidad de ventas y streams varía muchísimo y la mayoría de las veces no alcanzan el salario mínimo.

Después de revisar estos datos o aunque sea verlos de reojo, nos damos cuenta que nuestra percepción de cuánto gana un músico es en realidad un estereotipo alejado de la realidad, en especial si eres una banda de bajo perfil o un solista que recién comienza. La imagen que tenemos de los músicos nadando en dinero viene de la proyección que los medios de televisión le dan a artistas de Pop o Hip-hop cuyas ventas van por los cielos, porque es la música popular o mainstream, el tipo de música al que todos tienen alcance y al que todos se ven expuestos. Obviamente, la influencia también viene de los 60’s con el Rock n’ Roll y el estilo extravagante de vida que las estrellas de rock de esas épocas llevaban.

¿Explican los datos porque la industria musical en el siglo XXI está tan dañada? No, todo lo que he explicado hasta el momento es el resultado y no la causa. Hay que recordar que la industria musical no siempre fue así.

Piratería y la era de la música digital.

El término piratería no es nuevo, nació hace cientos de años, cuando los corsarios navegaban los 7 mares y atacaban a otros marinos, robando, saqueando y tomando lo que no era suyo. Este término se aplica modernamente cuando alguien roba o copia la propiedad intelectual de otro, la vende y hace ganancias a partir de ella. Si tú acabaras de descubrir la cura para el cáncer y estuvieras a punto de venderla, pero te dieras cuenta de que alguien más se robó tu investigación y la vendió, estarías bastante molesto. La industria musical tiene un sentimiento parecido, pues eso es lo que pasa no solamente con este negocio, sino con toda la industria del entretenimiento, que se encarga de vender a las personas lo que quieren ver, usar o escuchar. Ellos entran en peligro cuando sus consumidores encuentran dicha mercancía a menor precio y con prácticamente la misma calidad.

La piratería explotó de manera indetenible con la llegada de la era digital, cuando Napster y la música viajando P2P (Peer to Peer, de puerto a puerto) hicieron posible descargar música desde la comodidad de nuestro hogar. Era gratis. Las tiendas musicales vieron su fin premeditado en esta nueva era, pero todo se desplomó para ellas con la llegada de la idea multimillonaria de el, últimamente muy nombrado, CEO de Apple: iTunes.

iTunes es básicamente una tienda en línea donde todas las canciones están a un mismo precio, todos los álbumes a un mismo precio añadiendo a la mesa el poder adquirir podcast, videos, en fin, toda la música que quisieras al alcance de un clic y de un precio considerablemente accesible: 99 centavos de dólar (12 pesos en México) y 15 dólares el álbum completo (150 pesos en México). Con esta revolucionaria idea, las tiendas de música se fueron a bancarrota y las copias físicas dejaron de ser la primera opción disponible.

Pero esto siempre ha pasado. Al igual que las teorías de que el calentamiento global y las elevaciones de temperatura por los cielos siempre han existido y nuestro planeta puede con ellas, la transición entre un medio de vender y portar música a otra son recurrentes y normales.

En 1980, el 59.8% de las ventas correspondían a discos de vinil (LP/EP), en 1983 el cassette y el disco de vinil estaban parejos en cuanto a ventas, sosteniendo un 43% aproximado. Entonces llegó el CD, y para 1993 el porcentaje de ventas de CD estaba en 63.3%, en el 2003, no había un formato musical que se vendiera más que el CD, con 94.8% de las ventas hechas en este formato. Entonces entró la era digital, y la época de gloria del CD quedó atrás. En el censo hecho en el 2010, tan solo 43.3% de las ventas le pertenecían a CD, el resto se dividía entre la música digital (tanto sencillos como álbum completo).
Al igual que con el ejemplo del calentamiento global, lo preocupante no es que siempre pase, sino la rapidez con la que lo hace. La época de sostener tus discos de vinil y cuidadosamente colocarlos en el tocadiscos para escuchar a Bob Dylan cantar a través de la habitación había terminado. La época de comprar un CD y tocarlo o llevarlo contigo en un walkman, quedó en la prehistoria, aplastada por el inmenso éxito del nuevo producto de Apple: el iPod. Las personas dejaron de tener que cargar con todos sus discos, para poder disfrutar su música favorita solo tenían que oprimir un botón o, actualmente, tocar la pantalla.

Pero es necesario aclarar que esto no ayudó a la industria musical. iTunes, a pesar de ser revolucionario, es costoso, en especial para adolescentes que lo único que de verdad quieren es escuchar música. Así que todas estas personas, con acceso a internet, limitados recurso y una gran necesidad de sanar su alma con la canción de su banda favorita, no tenían otra opción más que descargar la música gratis. ¿A quién no le gusta la música gratis? No apoyaban al músico, pero quizás no era de mucha importancia comprar o no comprar las canciones por iTunes, considerando que de cada canción, el creador de la obra maestra tan solo gana 8 centavos y el resto va para la disquera. Era robar, ¿pero acaso era esto distinto a lo que las disqueras le hacían a los artistas? No, no lo es. Excepto que, legalmente, el que descarga música sin pagar por ella está cometiendo un crimen que se paga con cárcel.

Naciones de diversas partes del mundo están aplicando leyes de protección musical que van desde multas y cárcel a prohibición de entrar a internet por el resto de su vida si es que son asiduos piratas musicales. Pero nos enfrentamos a un gran problema: ¿Niños y adolescentes también deberían ser castigados por estos atroces crímenes? El debate mundial al respecto va creciendo poco a poco y avanzando lentamente, mientras se decide lo mejor tanto legalmente como moralmente.

De cualquier manera, la reacción de la industria ante esto no fue grata, ya que culparon a la piratería y a la era digital de cavar las tumbas de las mejores disqueras y músicos. Lo cual era todo, menos cierto.

One-hit-wonders y canciones pop pegajosas: vaya forma de morir.

En los 90’s, con la llegada de el CD, si eras un músico con larga carrera musical, todas las personas querrían comprar tus álbumes que poseían ya en formato de cassette pero en forma de un CD. Las ganancias de la industria se elevaron por los cielos y esto llamo la atención de todos los hombres de negocio allá afuera esperando el momento adecuado para controlarlo todo. Estos hombres en traje se introdujeron al sistema, envenenándolo desde adentro con sus ansias de poder y dinero, agilizando la industria y aprovechándose de todo el que se plantara cerca de ellos. El único problema: el boom de ventas de CD se detuvo cuando todos habían ya remplazado su biblioteca musical llenándola de pequeñas cajas de CD’s y solo compraban los álbumes nuevos que necesitaban. Pero los hombres de negocio no se detuvieron, sino que siguieron avanzando más, consumiendo más de la nueva era musical dejándola hecha trizas.

Una de las primeras secciones en morir fue la de Promoción del Artista, ya que personas dedicadas y apasionadas por promover fielmente a un músico fueron reemplazadas por personas que no tenían ninguna conexión con el producto, solo lo vendían. Antes, este departamento se dividía en equipos de personas que iban personalmente a las tiendas de música a promover al artista, hacían eventos exclusivos para eso e iban personalmente a las radios a convencer a los DJ de pasar su música. Otro departamento se encargaba de dirigir al artista día a día y guiarlo a través de todo el proceso, hasta que su música fuera tocada en la radio y vendida en las mejores tiendas. Las tiendas tenían variedades enormes de cada género, y los vendedores en cada tienda te recomendaban nuevas bandas de las que tu banda favorita se había influenciado. Al final del día, no solo te ibas con un disco de The Beatles, sino con nuevas bandas de géneros tan distantes como blues y punk. Solía haber una relación persona-persona, era real y tangible y orgánica. Desde siempre, las personas han confiado más en las sugerencias personales de alguien que en productos comercializados e industrializados que parecen obligarte a comprarlos porque no hay nada más.

Cuando las disqueras se dieron cuenta que podían reducir costos de personal al enviar solamente a una persona a entregar el producto a una tienda con la que tenían contrato, todo esto se vino abajo. Tiendas no especializadas en música como Best Buy, Wal Mart y Target, escogían los productos que a su parecer se venderían y eso era lo que compraban y mostraban. Actualmente, eso es lo que tenemos: estantes llenos de las caras que se ven en todos lados, reconocidas y famosas que en unos cuantos años desaparecerán sin dejar rastro.
Otro movimiento fallido y orientado a fines de lucro que hicieron las disqueras, fue influenciar en las estaciones de radio y deshacerse de los DJ’s que tenían criterio propio, dejando a cargo alguien que pusiera las canciones que le decían que pusiera. Anteriormente, un representante de la banda o disquera iba con el DJ de alguna radio a presentarle el producto personalmente, ahí, el DJ decidía si era producto que le gustaría a su audiencia. El DJ tomaba las decisiones, y los tipos de música eran lo suficientemente variados como para satisfacer a todos los gustos o a los gustos específicos que el DJ sabía su audiencia tenía; canciones de bandas nuevas y pequeñas eran tocadas justo después de canciones de Led Zeppelin o Elvis Presley. Esto hacía que los oyentes tuvieran más criterio musical y más opciones. La música era la música, no una cara bonita con coros pegajosos y pasos de baile estrictamente coreografiados.

Esto fue el fin de la libre expresión musical. Las disqueras vendían y firmaban con artistas que sabían venderían y no les importaba que desparecieran a los pocos meses, ya que eran ganancias rápidas y menos perdidas, ya tener que justificar cada año lo que ganaban, cada centavo.

Pero no eran Britney Spears o los Backstreet Boys los que habían creado a la industria musical, sino los músicos que habían dejado huella como Tom Petty, Springsteen, Bon Jovi, U2, The Beatles, Aerosmith, Janis Joplin y otros.
Las disqueras habían perdido la esencia de la música en manos de hombres en un traje que solo buscaban el dinero, ganar más por menos, vender rápido y fácil, olvidarse de las pérdidas y mantenerse hasta arriba a costa de otros. La música ya no era de los músicos, no era una sola mente creativa o la banda como un todo creando algo, sino co-escritores, co-productores, managers y gente diciéndoles cómo hacer las cosas, qué cosas hacer y cómo ser. No podemos negar que nos conocen mejor que a nosotros mismos: nos dan una cara bonita, un escote profundo, una canción pegajosa acerca de “amor” y la compramos. Eso no es música, eso es estética, eso es negocio, esos son títeres que pronto desaparecerán tras una nueva “reina del pop” o una nueva boy band. Las épocas en las que un músico tenía derecho a desarrollarse y sacar discos malos, experimentales o que no vendieran nada, habían quedo atrás.

Doug Morris, CEO de Sony Music, dijo en una entrevista al New York Times “Nuestro enfoque principal debe ser desarrollar éxitos.” Esto nos da una idea del enfoque que hay en la industria musical actualmente, y que en realidad muy pocos artistas llegan a crear éxitos. De cada 12 artistas que firman con una disquera, 10 pierden dinero, 1 se queda en donde estaba y solo 1 de ellos gana suficiente como para pagar por el desarrollo de los otros 11.
Así que cuando la industria musical entra en pánico y acusa a la piratería y el tráfico libre de música por internet de estar causando que la industria vaya en picada, están mintiendo. El metrónomo había marcado el ritmo desde hace mucho tiempo, y nadie prestaba la suficiente atención como para liberar a la música.

Música en vivo: lo mejor para el artista y para la música.

Lo sé, he pintado un panorama bastante oscuro hasta ahora. Miles de dudas surgieron en mi mente la primera vez que leí y vi todo esto en acción. ¿Debería dejar de comprar música? Mi banda favorita acaba de firmar con una major label, ¿dejarán de ser buenos? ¿No sirve de nada que compre la música? ¿Existe música buena hoy en día? ¿Cómo puedo discernir entre la música que me venden y la que yo escojo? ¿La industria musical regresará a sus inicios? ¿Tendré que adaptarme? Las respuestas a todas estas preguntas son: No, no, si sirve, si existe, siendo fiel a tus gustos, es difícil saberlo y no. Obviamente, no son las únicas preguntas que me hice, y siendo amante de la música, estuve muchas horas analizando mi música, mis gustos y mis preocupaciones al respecto. Pero esto no es batalla perdida, todo tiene solución.

Hasta ahora los datos, investigaciones y porcentajes nos muestran lo poco que la música le pertenece a su creador. Nos muestran lo poco que ganan, las disqueras y su sed de dinero y de ganar más rápido, nos muestran el lado amargo de la música que escuchamos en todos lados, los contratos a los que se atan si quieren sobrevivir en la industria y que básicamente ya no hay música de verdad. Además de que surge una gran cuestión: ¿Tenemos que adaptarnos a este nuevo modus vivendi para sobrevivir?

Sí hay música de verdad. Todavía hay muchísimos miles de músicos allá afuera esperando ser escuchados, con buenas habilidades musicales y algo que decir. Hay músicos que buscan expresarse y no hacerse ricos, gente que siente pasión por la música, personas que buscan esa canción especial que los haga sonreír, que les de esperanza, que los haga gritar, con la que se identifiquen. Hay gente que busca una canción con guitarras y bajos que usen más que un solo acorde, con un baterista que imponga nuevas pautas y ritmos, buscan canciones que los pongan a prueba, canciones ingeniosas, sonidos nuevos, buscan algo que los maraville y los conmueva. Y aunque, lo admito, es muy probable que los metalheads allá afuera no usen exactamente esas palabras para describir lo que buscan, ellos lo saben y lo sienten cuando escuchan una nueva canción y saben que es la que habían estado buscando, el ritmo perfecto y la expresión póstuma de todo en lo que creen. Y dentro de la industria musical todavía hay gente apasionada en disqueras pequeñas que ayudan a bandas y músicos nuevos a abrirse camino entre el mar de sonidos repetitivos que inundan las radios.
Pero, ¿Qué hay de las bandas que ya tienen contrato con una disquera? Que una banda haya firmado con una disquera no significa que inmediatamente apeste y haya vendido su alma al diablo. Mucha música buena es reconocida por las disqueras, música que está destinada a trascender y no solo llenar los odios momentariamente. Hay que recordar que dependiendo de con quien haya firmado, la banda pudo haber escogido un tipo de contrato no invasivo, usando a la disquera solamente para promocionarse.

La industria musical no está en orden. Cuando todo el barullo y escándalo alrededor de los nuevos formatos musicales y nuevas formas de ganar dinero se calmen, todas las personas que cuestionan lo que la industria y los medios les dan, todas las personas apasionadas por la música, encontrarán una u otra manera de satisfacer sus necesidades auditivas. Cuando todo esto pase, los fans buscarán el acercamiento más real y tangible a la música: los conciertos.

Es cierto que las disqueras grandes están imponiendo contratos tipo 360 a todos los artistas para tener un mejor control monetario, pero las mejores ganancias de una banda y sus mejores experiencias siempre vienen de estar de gira, de tocar su música en vivo y sentir las vibraciones en el escenario de miles de personas saltando y cantando al unísono sus canciones. Ahí es en donde reside la verdadera música, la música libre y la que se disfruta de verdad. Si la industria no puede controlar la gran demanda musical en línea y las descargas ilegales, la música se volverá gratis y esta será la única manera de apoyar al músico.
El panorama que nos pintan es uno en el que tenemos que adaptarnos para poder sobrevivir, en especial a los músicos. Pero, ¿quién quiere seguir la corriente? Necesitamos músicos que sobresalgan por hacer las cosas a su manera, que cuestionen la industria, que la cambien, que tengan una ética de trabajo orientada a la música, no a vender, no a ser famosos.

Como punto final, lo que un individuo busca en la música es soporte, sentirse bien, apoyo, felicidad momentánea, expresarse, liberarse y sentirla. No es posible obtener nada de esto por internet, ni siquiera por videos musicales. La música en vivo es una experiencia única y que nos aproxima mucho al artista, nos regresa a las viejas épocas cuando lo importante no era lo que se veía bien o lo que ganaba mucho, sino como se escuchaba y quien lo escuchaba. Lo que le gustaba a Dizzy de la música era como sonaba y, a decir verdad, es lo único que importa∞

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