Sobre si leer te hace más inteligente.

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Hace ya unos meses, recuerdo haber participado en un debate sobre política. Era la época pre-elecciones, y los maestros nos hacían opinar, deliberar y escribir al respecto. En cierta ocasión, las actividades de cierto candidato nos llevaron a discutir sobre la lectura, y recuerdo haber defendido apasionadamente mi punto de vista: No me dejaría gobernar por alguien que no lee. Sin embargo, ya para el final de la clase, recuerdo haber concedido a una compañera la razón cuando dijo que leer no hacía a alguien más inteligente. No recuerdo, a ciencia cierta, que me llevó a coincidir con ella, pero he de suponer que fue que no quería parecer una stuck-up bitch al contradecirla.

 

Pero me quedó mal sabor de boca. Y es que toda mi vida he considerado a aquellos que tienen un libro en mano personas más interesantes e inteligentes. No porque yo pudiera conferirme la misma definición al hacerlo, sino porque así lo observaba. Hablaban mejor, veían diferente, pensaban más y platicaban extensamente sobre un tema quizás poco interesante. Mejor. Diferente. Más.

 

Desde siempre me había fascinado cómo mi abuelito sabía algo de casi cualquier tema; abejas, conejos, el espacio, la sangre, el sonido y por qué sabía mejor el agua de jamaica bien fría.  Y si tal conocimiento no provenía de la experiencia, solía decir: “lo leí en…” y procedía a enseñarme el libro o, si es que a través de los años se había perdido tal ejemplar entre las páginas de su propia historia, hacía lo posible por intentar recrear con su palabras lo que había leído, el por qué, el cómo, el cuándo y el dónde. Antoine de Saint-Exupery alguna vez dijo que el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va. Y así lo veía yo a él. Veía que él caminaba seguro y estaba casi segura que toda esa seguridad era por toda la experiencia que tenía. Experiencia que, si bien en gran medida fue adquirida por sus vivencias a lo largo de los años,  también era proporcionada por alguien más. Cada paso suyo tenía nombre, cada palabra un lugar, un título, un tratado u artículo detrás. Una sonrisa de seguridad, de que nunca estaba solo.

Y aunque él, en su mayor parte, me recomendaba libros técnicos y de ciencia, prefería mil veces que él me explicara las cosas y observarlas, para luego relajarme con algún país lejano, con dragones y brujas y héroes y heroínas.

 

Pero el punto de todo este viaje por memory lane es solamente aclarar porque sí creo que las personas que leen son más inteligentes y viven mejor y más felices.

Aunque quizás no hablo de la inteligencia del tipo A. Einstein. Muchas veces, ser “inteligente” no trae consigo tener buenas calificaciones, o ganar un Nobel, o descubrir la cura para alguna enfermedad extraña o resolver una ecuación diferencial de no sé qué grado. A veces, muchas veces, creo yo, la inteligencia viene en la forma de las decisiones que tomas y de las cosas que dices y de quién eres al final del día, de qué tan amplio es tu mundo y tu visión de las cosas. Y como es prácticamente imposible vivir todas las vidas, y tener todas las experiencias y ser todas las personas, para eso están los libros, para que veamos la vida a través de otros ojos.

 

Pero para eso hay que saber leer. Porque leer no es pasearte por sobre las palabras y devorar la información, aprenderla y luego recitarla en el momento adecuado para que todos se asombren con tu inteligencia y nivel de raciocinio, sin saber que te robaste esas palabras de un Rousseau medio viejo que encontraste entre las cosas Universitarias de tu padre. No, leer es mucho más que saber de sintaxis y metáforas y de practicidades. Leer es más que consumir y memorizar y ser testigo de diálogos de personajes enterrados en el psique del escritor.

 

Leer es una experiencia personal. Es sentir el libro, las pastas, las páginas, reconocer el olor de Tolstoi y de Nabokov y de Harper Lee. Es como bailar tranquilamente con las palabras, es saborear las metáforas, apreciar la prosa, sentir el alcohol entre los párrafos y emborracharte con el burbujeante vino que se acaba de tomar Nick Carraway. Es llorar, y reír y sonreír con sarna cuando el personaje lo hace. Es entender, enojarte y hasta justificar a algún personaje porque tú sabes la historia completa.  Es enamorarte de hombres y mujeres a los cuales nunca conocerás, vivir sus penas, sus alegrías. Repasar cada frase con sumo cuidado, y sopesar sus palabras entre tu lengua, como si te las hubieran dicho a ti, como si Scarlett O’Hara se dirigiera a ti, y se viera perfecta y dijera cosas que te dejan sin habla. Como si Aura te hubiera hipnotizado a ti, como si Sherlock te hubiera atrapado a ti. O, peor aún, como si tú fueras el personaje principal, viviendo cosas nuevas, tomando decisiones intrépidas y arriesgadas, haciendo y diciendo cosas que nunca pensaste que dirías.  Desconociendo el final de tu propia historia o fingiendo que si lo sabes, y que no te sorprendió en absoluto que se muriera su hermano. Leer es encontrar entre las páginas una frase, con algo que habías pensado ya por un tiempo y que no sabías como decir, y saber que alguien, que quizás ya está muerto, entendió o entiende cómo te sientes. Es estar solo físicamente, pero no por dentro. Es vivir aventuras de la mano de personajes que han viajado a lugares extraños e inhóspitos y ser testigo de los más maravillosos milagros y barbaridades. Es aprender, cuestionar y hasta aceptar puntos de vista distintos a los tuyos. Es aceptar que quizás Hemingway era un borracho misógino (según las malas lenguas), pero no hay nadie como el que pueda hacer que 3 frases tengan más significado para ti que muchas comedias románticas. Es sonreír y dejarte llevar por la pasión de los escritores latinoamericanos, por su lenguaje rimbombante, su interpretación de una época y de un sentimiento. Es platicar con el autor, aunque no lo conozcas; es sentir que te conoce más que los que te conocen y sentir que tienen una relación única y nadie más se sentirá de esa manera nunca.

 

¿De qué te sirve recitar a Shakespeare si nunca has sentido la pasión detrás de las palabras de la fierecilla? No, lo estás haciendo mal. Es citar, más no repetir. Es aprender, más no memorizar.  Es sentir, no repasar.

 

Si no sientes ansías cuando un libro ya va a llegar a su final, y lees más lento para que no pase, y piensas “No, no podrá concluirlo bien en tan pocas páginas” y relees frases y cuando llegas al inevitable final no te sorprendes de que si pudo, si pudo terminarlo bien y con tal majestuosidad que nada vuelve a ser igual, no estás leyendo bien. Debes sentir un vacío, un golpe. Un “no quiero que acabe” y escuchar un “ya son las 3 de la mañana, ¿Qué haces despierto/a?” y disculparte, hablando como ella, como la que viaja y acaba de descubrir que su padre murió. Debes leer rápido y lento, pasando las páginas como si no hubiera otra cosa que hacer, y al mismo tiempo saber saborear cada frase, cada punto. Leer un libro rápido, y luego leerlo lento y releer tus partes favoritas y tatuarlas en alguna parte de tu cerebro. Es no necesitar encontrar las metáforas escondidas, es entender que tu vida es una metáfora de una metáfora y de otra metáfora más, y no darle importancia a las comas y puntos y solo leer y embeber las palabras y olvidar la sintaxis y la ortografía y al mismo tiempo, maravillarte porque uso esa palabra en vez de esa otra palabra. Y sonreír porque lo hizo y perderte tanto que al final del día no sabes si eres tú o Demian hablando o Arya Stark o Hermione Granger o Puck o alguien más.

 

 

Es ser muchas personas, experiencias y opiniones en una sola. Es parecer algo y ser otra cosa. Y que, al final del día, quizás no ganes un Nobel, pero si habrás vivido más y mejor y diferente, dentro y fuera del papel. 

 

Foto: “Books” por Carolinexpaige en DeviantArt.

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