Un cigarrillo.

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Una calada.

Cómo lo sostiene entre sus dedos, casi despreocupadamente, natural, como si fuera parte de ella.

Dos, tres.

Después de unos segundos expira y todo sale, el humo danza en el aire por unos segundos y luego desaparece, efímero, momentáneo.

Toma el cigarrillo entre sus largos dedos y le da unos golpecitos, la ceniza cae al suelo y ella vuelve a fumar, a aspirar el humo, llevarlo directo a sus pulmones para luego dejarlo ir.

Pero siempre se queda. El olor a nicotina y alquitrán se pega en su ropa, la abraza, nunca la deja.

Tose un poco y se cruza de brazos, sigue la rutina de aspirar, sostener y exhalar, sacudirlo y luego sostenerlo entre sus dedos unas cuantas veces más, hasta que al final se consume casi en su totalidad.

Mirada esquiva, frente en alto, historias sin conocer. Tira la colilla al suelo y la pisa, por si las dudas. Más costumbre que nada, no se puede quemar nada ya en esa jungla de concreto y acero. Todo hecho para que dura, para que sea indestructible, pero ella sabe que en realidad es efímero, como el humo, como sus cigarros.

Duda entre tomar otro de su bolsillo. Sus dedos involuntariamente buscan sus bolsillos, la caja, pero ella los detiene.

Tengo que ir a la escuela, piensa, tengo cosas que hacer. Tose un poco, se acomoda la chamarra y avanza entre las calles mojadas, saltando los charcos, sola, misteriosa, efímera como sus cigarrillos. Dura unas pocas horas, no importa, es todo lo que necesita.  Recorre las calles, sujeta fuerte su mochila mientras lo hace, de vez en cuando corre o cruza a la otra acera. Un poco de miedo es natural en la gran ciudad. Es normal. Todo es rutina.

Por fin llega. Atraviesa la puerta metálica, avanza por el jardín y mira su reloj. Aún faltan 15 minutos. Es suficiente, piensa ella y se esconde detrás de una columna, deja que sus dedos hagan el resto del trabajo. Tomar el cigarrillo, encenderlo, relajarse.

 

 

 

Ya desde hace un tiempo la había observado. Siempre hacía lo mismo, siempre en el mismo lugar. No era su culpa que ella se escondiera para fumar en donde generalmente él se sentaba a leer. Su madre siempre lo llevaba temprano a la escuela, cuando aún no había nadie. Tengo que trabajar, le decía y lo llevaba. Y él tenía que buscar algún lugar seco, entre las columnas, para hacer algo, lo que fuera. Generalmente leía, otras, simplemente repasaba lo aprendido. Integrales y esas cosas. Cosas que a él le fascinaban.

Pero no tanto como ella. Ella era diferente, mayor, más interesante. Él solo tenía 13 años. Ya empezaban a trabajar sus hormonas, pero no pensaba en ella de esa manera. Era diferente, más crudo y analítico con ella y sus manías. Con su hábito de fumar y llevarse la vida entre los dedos, con cada calada.

Estaba seguro que ella no lo había visto nunca ahí sentado, pero eso era de poca importancia. No quería su atención, ella era parte de su rutina. El que ella fuera a fumar ahí todos los días, y no en otra parte, le hacía sentir seguro, como en casa.

Intentaba entender todos los días porque lo hacía. Por qué se veía tan atractiva haciéndolo, como una estrella de cine, envuelta en su propio halo de misticismo y perfección. Era en todas las películas así, siempre los personajes que eran  más interesantes fumaban. Y generalmente los que eran más interesantes eran los que tenían más problemas, casi era como si necesitaran fumar para completar su cuerpo. Fumaban sus problemas, los absorbían y luego los dejaban ir. Pisaban siempre le cigarrillo, como ella. Miraban a la infinidad, como ella. Usaban chaquetas de cuero, como ella. Y siempre parecían tener frío, en especial si se encontraban solos.

En público fumar era diferente. También la había visto con sus amigas, que no fumaban, sentadas en círculo. Era casi como si ella resaltara, estuviera sentada sobre un pedestal o un banco y las mirara hacia abajo. O quizás solo todas la miraban hacia arriba, a ella la que fumaba. La que era relajada y despreocupada, la que tenía problemas y era mucho más profunda que ellas.

 

O quizás fumaba por lo mismo que esa otra chica. Ustedes fuman por diversión, yo fumo para morir.

Quizás era parte de todo, parte de la imagen autodestructiva. Que todas las personas interesantes que fuman lo hacen para morir. Pero no rápido, porque, ¿qué hay de bueno en morir de la nada, sin misticismo? Mejor lento, tranquilo, sufriendo todos los días, matándose poco a poco. Sí, así era mejor.

 

 

La última calada. Parece satisfecha ahora, casi lista para el día que le espera. El aún no está listo, no quiere entrar a clases, por primera vez. Quiere probar uno. Quiere ver si la historia de su madre enfermera y de su padre el borracho son suficientes para ser parte de ellos, para sostener uno de esos entre las manos y aspirarlo todo, casi religiosamente. Poco a poco se levanta y reúne las fuerzas y la valentía suficiente para acercarse a ella y pedirle uno, pedirle que le enseñe. Avanza uno o dos pasos y se detiene, dudando. Pero luego sigue y sigue y ella lo mira extrañada, pero luego parece reconocerlo y le sonríe.

¿Cuántos años tienes? , le pregunta. Trece, contesta él y ella sonríe. A esa edad comencé yo, le confiesa y saca otro cigarrillo de su bolsillo y se lo da. Ven, te explico.