¿Qué hay de malo con el cuerpo humano?

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Ayer, mientras cenaba con mi familia y la tele estaba encendida, pasó algo que sinceramente nunca pensé que pasaría. Mientras veíamos Spartacus, una serie que no tengo idea de qué se trata –pero asumo que de algo del tipo 300-; en pantalla apareció una chica rubia en un salón con guardias y otras chicas. La mujer, que parecía más Barbie Californiana que Espartana, le pide a un tipo que está parado frente a ella que se desnude. El tipo lo hace y para mi sorpresa: de verdad está desnudo. En escena aparecen sus “partes privadas” y todos lo pueden ver. Y esto nunca, nunca había pasado.

 

Una de mis series favoritas es Game of Thrones que, como la mayoría de las series de HBO, incluye desnudos frecuentes, lenguaje sexual explícito y escenas sexuales de todo tipo. Estoy en un punto en mi vida en la que nada de esto me sorprende de verdad, menos en una serie que es para adultos y que por lo tanto incluye lenguaje y temas que son para tales. Además, si podemos encontrar en MTV a personajes en programas hablando libremente de su vida sexual (así estos personajes sean reales o ficticios) aunque sean las 11 am y cualquiera pueda verlo, ¿qué nos sorprende? Poco a poco, la sociedad y todo lo que hace esta, se abre más a la sexualidad, aunque no como forma de “liberación de tabúes”, sino más que nada como método de provocación sexual y mercadotecnia. Pero algo es algo, ¿no?

El punto es que estoy más que acostumbrada a ver el cuerpo desnudo de alguna mujer en la televisión y no me molesta en absoluto, yo tengo uno de esos. Si, quizás no es parecido a ese, pero en esencia es lo mismo y no me asusta verlo (aunque quizás si me asuste un poco la sobre-sexualización del mismo, pero de eso hablaremos luego). Y a los hombres tampoco les molesta, por más de una razón. Además de que estoy estudiando medicina, y sería un poco ridículo que me pusiera a ofenderme o asustarme con la visión de un cuerpo desnudo, sea de quién sea. Pero, ¿ver a un hombre desnudo en televisión? ¿PERO CÓMO? ESO NO PASA.

Y en efecto, eso nunca me había pasado hasta ayer. Siempre me preguntaba por qué en series como Game of Thrones, que son para adultos, y en las que te muestran libremente el cuerpo de una mujer y hablan de temas “para adultos” no mostraban el cuerpo de un hombre con la misma naturalidad. Y en el momento en el que, durante la cena, con mi familia presente, sucedió lo que sucedió me di cuenta de por qué, al escuchar los casi gritos de los elementos masculinos de mi familia. “¿Qué es eso? ¿Qué onda? ¡Quítalo!”. Ahí me di cuenta de que la mayoría de los programas televisivos estaban enfocados para hombres.

Es toda una novedad que una serie como Spartacus, que tiene las mismas características que Game of Thrones con respecto a su temática “para adultos”, decida incluir una visión más amplia y real de lo que en realidad está pasando. Porque no pasó frente a la cámara una cabeza o lámpara o adorno que ocultara de nuestros ojos los “dotes” de este hombre, como pasa en casi todos los programas de televisión. Lo vimos y todos lo vieron, y la historia siguió adelante sin que todos gritaran “¡IUKKKKKK QUÉ ASCO!”. Al parecer la mujer rubia estaba probando su poder recién adquirido, pero no supe más, porque inmediatamente cambiaron de canal, y vimos algo más aceptable.

En parte entiendo que en escenas sexuales no muestren el cuerpo masculino, porque entonces podría clasificarse como pornografía y pues… ¿de qué serviría esta discusión entonces? Pero ¿qué hay de mostrarlo, sin tapujos, para escenas como esa en Spartacus porque era parte de la historia?

Pero, fuera del hecho de que me di cuenta de que las escenas sexuales en Game of Thrones no estaban ahí solamente porque eran parte de la historia, sino como una especie de fan service, me di cuenta que esto no me afectaba a mí para nada. No tengo ningún deseo de ver pornografía u hombres desnudos metidos en mi serie favorita. Yo tendré que acostumbrarme a la visión de un cuerpo desnudo, sea del género que sea, por la profesión que he decidido practicaré, ¿pero y el resto de las personas? ¿Y los hombres? Esto los afecta y no se dan cuenta de ello.

Hay un ensayo de un animador, ilustrador y escritor llamado Ben Kling (http://benkling.tumblr.com/post/6563626116/penises-are-gross-it-makes-me-sad-every-time-i) que es el primero que he leído del género. Habla sobre la sexualización del cuerpo femenino y la horrificación (eso ni es una palabra, agh.) del cuerpo masculino y de cómo, el simple hecho de que el cuerpo de un hombre sea visto como algo no atractivo, afecta a los hombres más que a las mujeres. Porque, déjenme decirles, que si los hombres (y mujeres también) tienen mil y un ideas de cómo el cuerpo de una mujer debería verse o se ve, las mujeres tenemos muy pocos. Un hombre es sexy sin camisa. Punto. Nadie habla de qué hay más abajo y si se habla al respecto generalmente viene acompañado de un “qué asco”. Y, al menos que sea viendo pornografía, es poco probable que un hombre o mujer vea el cuerpo de un hombre completamente desnudo y se haga una idea de que así son más o menos las cosas. Y lo peor es que si reciben esa clase de imágenes de pornografía, es obviamente sexualizado y el hombre deja entonces de poder sentirse cómodo con su cuerpo desnudo en una manera no sexual, en una manera tan completamente natural como una mujer se puede sentir cómoda con el suyo.

Las imágenes de desnudos en la televisión serán sexualizadas en un 99%, por el simple hecho de que la mayoría no están ahí porque intentan dar un mensaje para eliminar tabúes alrededor de sexualidad (o porque la historia así lo demanda), sino para poder insertar clips de las mismas en el tráiler de la nueva temporada de la serie y que TODOS quieran verla.

Es por eso que todo esto se siente más como un retroceso que cómo un avance. No, no es libertad sexual, te lo están vendiendo, y no ves la diferencia en eso. No me molesta ver escenas de sexo que sean parte de la historia y que tengan relevancia en la misma, pero mientras no sean equitativas y muchas estén ahí porque apelan a los deseos carnales de todo ser humano, no creo poder considerar nada de esto como pensamiento evolucionado, sino solo otra forma de dejarnos llevar por nuestros instintos más básicos.

Y pues, al final del día, seguiré disfrutando la serie, como su historia, al igual que los libros (que cabe resaltar, si contienen la narración de relaciones sexuales pero nunca raya en narración erótica), esperando que, algún día, el cuerpo humano no sea visto solo como una “máquina sexual” o como algo asqueroso e inmoral, sino como algo natural porque, hey, no sé si se habían dado cuenta, pero todos tenemos uno.  

 

EXTRAS:

·         Un artículo sobre cómo las personas no saben cómo leer  o ver algo y hacer una crítica real de ello, sin dejarse llevar por opiniones, todo en base a un artículo criticando a Game of Thrones: “Feminist Media Criticism, George R.R. Martin’s A Song Of Ice And Fire, And That Sady Doyle Piecehttp://thinkprogress.org/alyssa/2011/08/29/305723/feminist-media-criticism-george-r-r-martins-a-song-of-ice-and-fire-and-that-sady-doyle-piece/?mobile=nc

·         Una imagen: http://25.media.tumblr.com/84346c6b398297102ca7ab84547b379a/tumblr_mhij75k4IX1qder5oo1_500.jpg

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Un cigarrillo.

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Una calada.

Cómo lo sostiene entre sus dedos, casi despreocupadamente, natural, como si fuera parte de ella.

Dos, tres.

Después de unos segundos expira y todo sale, el humo danza en el aire por unos segundos y luego desaparece, efímero, momentáneo.

Toma el cigarrillo entre sus largos dedos y le da unos golpecitos, la ceniza cae al suelo y ella vuelve a fumar, a aspirar el humo, llevarlo directo a sus pulmones para luego dejarlo ir.

Pero siempre se queda. El olor a nicotina y alquitrán se pega en su ropa, la abraza, nunca la deja.

Tose un poco y se cruza de brazos, sigue la rutina de aspirar, sostener y exhalar, sacudirlo y luego sostenerlo entre sus dedos unas cuantas veces más, hasta que al final se consume casi en su totalidad.

Mirada esquiva, frente en alto, historias sin conocer. Tira la colilla al suelo y la pisa, por si las dudas. Más costumbre que nada, no se puede quemar nada ya en esa jungla de concreto y acero. Todo hecho para que dura, para que sea indestructible, pero ella sabe que en realidad es efímero, como el humo, como sus cigarros.

Duda entre tomar otro de su bolsillo. Sus dedos involuntariamente buscan sus bolsillos, la caja, pero ella los detiene.

Tengo que ir a la escuela, piensa, tengo cosas que hacer. Tose un poco, se acomoda la chamarra y avanza entre las calles mojadas, saltando los charcos, sola, misteriosa, efímera como sus cigarrillos. Dura unas pocas horas, no importa, es todo lo que necesita.  Recorre las calles, sujeta fuerte su mochila mientras lo hace, de vez en cuando corre o cruza a la otra acera. Un poco de miedo es natural en la gran ciudad. Es normal. Todo es rutina.

Por fin llega. Atraviesa la puerta metálica, avanza por el jardín y mira su reloj. Aún faltan 15 minutos. Es suficiente, piensa ella y se esconde detrás de una columna, deja que sus dedos hagan el resto del trabajo. Tomar el cigarrillo, encenderlo, relajarse.

 

 

 

Ya desde hace un tiempo la había observado. Siempre hacía lo mismo, siempre en el mismo lugar. No era su culpa que ella se escondiera para fumar en donde generalmente él se sentaba a leer. Su madre siempre lo llevaba temprano a la escuela, cuando aún no había nadie. Tengo que trabajar, le decía y lo llevaba. Y él tenía que buscar algún lugar seco, entre las columnas, para hacer algo, lo que fuera. Generalmente leía, otras, simplemente repasaba lo aprendido. Integrales y esas cosas. Cosas que a él le fascinaban.

Pero no tanto como ella. Ella era diferente, mayor, más interesante. Él solo tenía 13 años. Ya empezaban a trabajar sus hormonas, pero no pensaba en ella de esa manera. Era diferente, más crudo y analítico con ella y sus manías. Con su hábito de fumar y llevarse la vida entre los dedos, con cada calada.

Estaba seguro que ella no lo había visto nunca ahí sentado, pero eso era de poca importancia. No quería su atención, ella era parte de su rutina. El que ella fuera a fumar ahí todos los días, y no en otra parte, le hacía sentir seguro, como en casa.

Intentaba entender todos los días porque lo hacía. Por qué se veía tan atractiva haciéndolo, como una estrella de cine, envuelta en su propio halo de misticismo y perfección. Era en todas las películas así, siempre los personajes que eran  más interesantes fumaban. Y generalmente los que eran más interesantes eran los que tenían más problemas, casi era como si necesitaran fumar para completar su cuerpo. Fumaban sus problemas, los absorbían y luego los dejaban ir. Pisaban siempre le cigarrillo, como ella. Miraban a la infinidad, como ella. Usaban chaquetas de cuero, como ella. Y siempre parecían tener frío, en especial si se encontraban solos.

En público fumar era diferente. También la había visto con sus amigas, que no fumaban, sentadas en círculo. Era casi como si ella resaltara, estuviera sentada sobre un pedestal o un banco y las mirara hacia abajo. O quizás solo todas la miraban hacia arriba, a ella la que fumaba. La que era relajada y despreocupada, la que tenía problemas y era mucho más profunda que ellas.

 

O quizás fumaba por lo mismo que esa otra chica. Ustedes fuman por diversión, yo fumo para morir.

Quizás era parte de todo, parte de la imagen autodestructiva. Que todas las personas interesantes que fuman lo hacen para morir. Pero no rápido, porque, ¿qué hay de bueno en morir de la nada, sin misticismo? Mejor lento, tranquilo, sufriendo todos los días, matándose poco a poco. Sí, así era mejor.

 

 

La última calada. Parece satisfecha ahora, casi lista para el día que le espera. El aún no está listo, no quiere entrar a clases, por primera vez. Quiere probar uno. Quiere ver si la historia de su madre enfermera y de su padre el borracho son suficientes para ser parte de ellos, para sostener uno de esos entre las manos y aspirarlo todo, casi religiosamente. Poco a poco se levanta y reúne las fuerzas y la valentía suficiente para acercarse a ella y pedirle uno, pedirle que le enseñe. Avanza uno o dos pasos y se detiene, dudando. Pero luego sigue y sigue y ella lo mira extrañada, pero luego parece reconocerlo y le sonríe.

¿Cuántos años tienes? , le pregunta. Trece, contesta él y ella sonríe. A esa edad comencé yo, le confiesa y saca otro cigarrillo de su bolsillo y se lo da. Ven, te explico.